15 Sinceras historias sobre sentimientos profundos que fueron revelados


En la sociedad, intentamos ser amistosos; en las redes sociales, posteamos únicamente hermosas y felices fotografías. Pero muchas personas tienen un rincón oscuro en el alma en donde se esconden dolorosos recuerdos.

No todas las personas están listas para abrir sus emociones y contarlas, ni siquiera a las personas más cercanas. Solamente los más valientes se atreven a hablar con tal sinceridad.

Nos hemos sumergido en las historias de algunos usuarios de las redes sociales. Tenemos que advertirte que, antes de leerlo, es mejor que prepares un par de pañuelos.

#1.

Yo sobreviví a una operación de trasplante de corazón. Moría lentamente, pero tuve suerte: se encontró un donador y todo salió con éxito. Una noche, no podía dormir y decidí dar un paseo por los pasillos del hospital. Al pasar cerca de la siguiente sección, vi al cirujano que me había operado.

Estaba sentando cerca de la ventana tomando café. Por sus mejillas corrían lágrimas. “Siéntate. No muerdo”, me dijo. Me recargué en la pared intentando no hacer demasiado ruido. “Estás viva y por eso estoy muy feliz. Pero la pequeña Ana no lo está. Ella nunca más volverá a ver nada. Y yo no pude impedirlo”, me dijo sollozando.

Después de mi operación, él intentó salvar a una niña que había llegado al hospital a causa de un accidente automovilístico. El doctor estuvo 10 horas en la operación. Pero aun así, ella murió. Por mucho tiempo, él siguió llorando en mi hombro. El doctor salva vidas, pero se mata a sí mismo si no puede salvar a alguien de la muerte. En su corazón hay más cicatrices que en el mío y que en cualquiera de nosotros.

#2.

Yo no creo ni en Jesús, ni en Alá, ni en Buda. Pero creo en un dios y sé exactamente cómo se llama. Mi Dios es una mujer que hace 16 años rescató a una niña de 6 años, medio ciega, sorda de un oído, muda, con un severo tipo de parálisis cerebral, de unas ancianas alcohólicas que mendigaban conmigo en una silla de ruedas dentro del metro.

Me acogió, prácticamente me introdujo a la sociedad, pagó una gran cantidad de operaciones, tratamientos, rehabilitaciones, educación. A diario pasaba muchas horas conmigo, a pesar de lo difícil que era para las dos. Ahora tengo 22 años, puedo caminar, sé hablar, veo y escucho (claro con un aparato), además, estudio para ser contadora.

Así es, tengo una discapacidad, pero no imagino mi destino si me hubiera quedado con esas ancianas, me gustaría besarle los pies a mi Salvadora. Nunca podré pagarle en su totalidad todo lo que hizo por mí, pero todos los días digo que ella es mi Dios.

#3.

Tengo un sueño. Suena muy tonto, pero, aproximadamente hace 3 años, me desperté con un objetivo, tenía que convertirme en una mujer piloto de una aerolínea comercial. Tenía 13 años y comencé a prepararme. Me ejercitaba a diario, en la escuela me iba de maravilla y tenía unos libros sobre aviación. Pero en una fiesta familiar, ante la típica pregunta sobre lo que quería ser al crecer, la respuesta fue algo diferente a lo esperado por mis familiares.

Abogada, no por favor. Una banquera, tampoco es parte de las profesiones de una mujer. Ni un doctor o un mercadólogo como mi papá. Seré una piloto y punto, respondí. Ellos se rieron y continuaron comiendo ensalada de arenque. Cuando nuestros familiares se fueron, mi madre se acercó a mí y me dijo que la había avergonzado.

Me sentí asustada y me sofoqué. Decidí abandonar mis pensamientos. Ser abogada, tal vez no sea tan malo. En lugar de entrar a las clases de física y matemáticas para las cuales me había preparado de antemano, tendría que inscribirme a la clase de economía. Mis calificaciones bajaron considerablemente. No tenía motivación. Subí de peso. Después, llegó mi abuelo, un piloto retirado.

En secreto me enseñaba algunas cosas y hacía todo lo posible por apoyarme. Fue como un respiro de aire fresco. Pero la pregunta más importante surgió después: ¿Para qué escuela tomaría los exámenes admisión? Mi abuelo rápidamente supo la respuesta. Ahora me encuentro adelgazando nuevamente, presentaré los exámenes y mejoraré mis calificaciones.

Ya lo tengo todo muy claro: soy una piloto. Después de terminar la preparatoria, presentaré los exámenes en dos grandes universidades de mi país, a escondidas de todos, excepto de mi abuelo.


#4.

Soy unа chica nacida en los años 90. A pesar de la difícil situación económica del país y de mi familia, tuve una increíble infancia. Recuerdo cada fiesta de Año Nuevo. Cada 15 de diciembre, mi padre y yo adornábamos el árbol de Navidad, mientras yo volteaba hacia otro lado o me distraía, mi padre se las arreglaba para ponerme un chocolate, yo quedaba impresionada con lo ágil que era Papá Noel.

Disfrutábamos armando un pequeño rompecabezas, una y otra vez con el mismo interés como la primera vez, ese era el mejor regalo de Navidad. Pasábamos las fiestas en compañía de nuestra gran familia, nadie presumía un nuevo teléfono o automóvil.

Todo era sencillo y sincero. Escribo esto con las lágrimas en los ojos, ya que ahora tengo todo: un teléfono costoso, un automóvil y un departamento, pero no lo más importante: una gran familia unida.

#5.

En 1998, me quedé sin hogar, y a ninguno de mis familiares les importó. Rentaba un pequeño cuarto, pero en ocasiones pasaba la noche en la calle. Trabajaba en el tren (vendiendo plumas y medias), en los kioskos de revistas en dónde no verificaban los documentos y pagan unos centavos.

Me defendí de los empleadores abusivos. Una vez, en el metro, cerca de mí pasó un hombre al que se le cayeron unos cuantos centavos. Para mí, ese dinero eran dos sopas instantáneas y una barra de pan. Me di cuenta de que unas chicas que estaban cerca me arrojaron una mirada escrupulosa y arrogante, como si no valiera nada.

Esa mirada... Ellas bien arregladas, hermosas y yo hecha un desastre con una chamarra deteriorada y unos zapatos tres tallas más grandes. Ahora, todo ha cambiado. Soy querida y me valoran. Pero esta pequeña chica dentro de mí no confía en nadie y se oculta de los demás. Doy limosna a los pobres, alimento a los vagabundos y nunca miro a las personas pobres con desprecio.

No juzgo a nadie y trato de ayudar a las personas en la medida de lo posible, porque yo misma sé qué es lo que se siente. A veces, los desconocidos me ayudaban. Yo siempre lo recuerdo. No soy una buena persona, simplemente trato de comportarme con humanidad.

#6.

Después de la muerte de mi madre, mi papá se volvió a casar. Mi madrastra me quería mucho más que mi papá. Sin embargo, yo toda la vida la odié y, en mis ataques de ira, tocaba el tema más doloroso para ella: le decía que era una mujer infértil.

Ella se enojaba conmigo cuando yo no le permitía cuidar de mis hijos y yo me reía cuando ella casi lloraba por mi rechazo. Sin embargo, precisamente esta mujer se convirtió en la donadora cuando yo necesitaba un trasplante de riñón. Después de la operación, me puse de rodillas pidiéndole perdón y por primera vez la llamé mamá. Tengo mucha vergüenza con ella, sinceramente me odio a mí misma.


#7.

Por más de 12 años, he amado al mismo chico y él no lo sabe. Para él solo soy una simple amiga y me he resignado a ello. Una vez, junto con él y un par de amigos, estábamos cerca de la tienda sobre la calle. De ahí salió una amiga y yo me di la vuelta para darle la bienvenida, pronto sentí una extraña sensación y miré hacia atrás.

Había sido el ruido de unas botas por el asfalto y el soplo del viento cerca de mi oreja. Me di la vuelta y vi que él había tropezado, para nuestra sorpresa, por la calle venía un jeep a una velocidad impresionante. En un par de segundos, en ese tiempo, vi pasar toda la vida. Extendí mi mano y lo jalé del gorro de su chamarra.

Caímos sobre la banqueta, el automóvil literalmente pasó a unos cuantos centímetros de su cabeza. “Has vuelto a nacer”, eso fue todo lo que pude decir ante esto y justo antes de llorar. Un par de segundos y él no estaría aquí. Esos encantadores ojos y su color de cabello es lo más preciado para mí.

Esa misma tarde, no conseguí tranquilizarme, más de una vez le dije lo mucho que lo quería y para mí esas palabras se hicieron tan fáciles como si hubiéramos estado casados desde hace tiempo. Él repitió lo mismo, me dijo que había tenido miedo de decirme esto antes porque podría haber arruinado nuestra amistad. Desde entonces, no puedo creer que por estas simples palabras uno de nosotros casi tuvo que morir.

#8.

Hace unos días me hablaron del hospital: “Su padre tuvo un grave accidente, su estado es crítico”. Rápidamente fui con él. No me separé de él por unos cuantos días a pesar de los intentos de los doctores por enviarme a casa.

Yo le contaba nuestras historias: cómo me había enseñado a nadar, nuestra primera pesca juntos, nuestras salidas al cine y cómo se había conocido con mamá. ¡Lloraba tanto al contarle todo esto! Hoy, él recuperó la conciencia:

“es curioso, escuché dos voces. La tuya y la de tu mamá. Y yo fui hacia la tuya”. Mi madre murió hace unos años. Al parecer, quería ver de nuevo a mi papá. Pero hoy no, mamá, hoy no.

#9.

En septiembre terminé con mi novia. Ya no estaba enamorado, solo la quería por su físico y, un par de veces le hice daño, no lo voy a negar. Ahora ella está en otra ciudad y para el día de hoy tenía prevista una operación.

Ayer tuvo síntomas de resfriado común y temperatura. Que difícil fue esperar hasta la mañana y escuchar su voz, pero al hacerlo quedé muy contento ya que la operación se había pospuesto para otro día debido a su fiebre. Esto posiblemente le haya salvado la vida.

Hoy simplemente entendí que no podría estar sin ver sus ojos verdes, sin escuchar su voz, sin tener esa emoción al verla, sin temblar como un niño pequeño por su mirada. Esto seguramente es una señal: ahora mismo voy por ella para decirle cuánto la quiero. Deséenme buena suerte.


#10.

Soy doctora. Hace poco, mi abuelo murió de cáncer de pulmón. Después de someterse a un diagnóstico, vivió solo 5 meses. En el funeral, muchas personas se acercaban a mí con una voz molesta: “¡Deja de llorar! ¡Tienes que entender! ¡¿Es en serio?!”.

Todos esos cinco meses supe que este día llegaría. Por alguna razón, las personas creen que los doctores son robots, que no comen, no duerme, no tienen sentimientos, no tienen familia y en ningún caso tienen permitido llorar.

#11.

Siempre me han incomodado las personas que no coinciden con los estándares de su profesión: doctores que fuman, dentistas con una mala dentadura, nutriólogos con sobrepeso, profesionales del tatuaje con horribles tatuajes, expertas de la manicura sin manicura, entrenadores sin un cuerpo atlético.

Hasta que un día ella llegó a una terapia de pareja. Una mujer de casi 50 años con un cabello delgado. No pude evitarlo y le pregunté cómo había llegado hasta ahí.

— ¿A qué se dedica?

— Soy psicoterapeuta.

— ¿Y usted es feliz? ¿Su alma está tranquila?

#12.

En verano estuve en un club para adultos pensionados. Conocí a una abuelita muy simpática y positiva. Por alguna razón ella me preguntó sobre mi profesión, yo le respondí que era
cinóloga. De pronto, ella comenzó a llorar sin consuelo.

Y entré en pánico. Me contó que, durante la Segunda Guerra Mundial, un perro comenzó a seguirla. Muy delgado y mestizo. “Pero precisamente este mestizo, de algún lugar conseguía pan, a veces duro, con hongos, si corríamos con suerte incluso llegaba caliente, nos lo traía a mi hermana y a mí.

Un día, unas personas llegaron a llevarse a los perritos y a él también se lo llevaron”. Y la abuelita, con lágrimas en los ojos, me contó cómo corrieron detrás de ese carro y suplicaron para que les devolvieran el perro. Aun así, se lo llevaron, a ese perrito mestizo que había alimentado a toda una familia.

#13.

Soy una chica de 26 años, enferma de cáncer. Acudo a quimioterapias y a todos los procedimientos que están a mi alcance. El cabello se me ha caído. Este fin de semana me dejaron ir a casa, decidí hacerle una sorpresa a mi esposo y tomar el autobús.

Tenía pestañas postizas, un sombrero, y ni una sola ceja. De camino, dos chicos comenzaron a reírse de mí e insultarme. No soporté todo eso, me quité las pestañas, el sombrero y les dije todo lo que pensaba sobre ellos y con lágrimas en los ojos bajé del autobús. Chicos no hagan eso nunca. Nosotros no somos culpables de este sufrimiento.


#14.

Mi vecino era un hombre normal que tenía mamá, esposa e hijo. Era muy feliz y amable. Tiempo después, su familia murió en un accidente aéreo y prácticamente se convirtió en una sombra oscura. Para ser honesta, en algún momento creí que haría algo con su vida.

Salía pocas veces a la calle, en varias ocasiones lo veían borracho y sus pláticas con los demás eran muy secas y rápidas. Así pasaron un par de años. Tiempo después, comencé a verlo con una chica. Se veía muy contento a su lado. Con el paso de los meses, comenzaron a vivir juntos y, de alguna manera, poco a poco regresó a esta vida.

Comenzó a sonreír y a platicar con las personas, claramente ahora se ve mucho mejor y al parecer su novia está embarazada. Quiero creer que esa chica lе ayudó a regresar a la vida. Simplemente le deseo lo mejor.

#15.

“¿Para qué necesitas un hijo discapacitado?”, “Eres joven, puedes dar a luz otra vez”, “Hazte un aborto, es solo un feto de cinco meses”, eso era lo que escuchaba por parte de los doctores, mi esposo y mi suegra.

Mis lágrimas y el conocimiento de que el niño tenía solo un soplo en el corazón y que hoy en día hacen operaciones que no tienen ningún resultado favorable me agobiaban. Todo el embarazo lloré, ignoré a todos y di a luz. A mi hijo lo operaron por primera vez a una edad temprana y lo colocaron bajo la etiqueta de “discapacidad”.

Aquellas personas que veían la declaración sobre la discapacidad de mi hijo, no podían dejar de mirarlo y no creían que tuviera algo diferente en comparación con un niño “normal” de su misma edad a excepción de su cicatriz en el pecho.

Actualmente estudia en la secundaria, es inteligente, lee mucho, no está obsesionado con los dispositivos electrónicos, hace deporte de forma independiente, le encanta jugar fútbol en la calle, ayuda a todo el mundo y los dulces que le regalan me los da a mí.

Redacción: genial.guru